I) PEQUEÑO HOMENAJE A JULIO
Indudablemente los gritos del policía despertaron a todos los que estábamos en las escaleras de aquel edificio. Algunos nos sobresaltamos, pero luego de reconocer al hombre que nos gritaba todos los días, comenzamos a movernos muy lentamente. De a poco nos fuimos separando, pronto el sol estaría alumbrando y calentando la ciudad. Ya el estomago pedía algo solido y no era fácil encontrarlo. Mi sombra era el olor a humedad de los colchones, el olor a alcohol barato o lo peor el olor a mi propia mugre. Ya no registraba la mirada de los transeúntes pero me imaginaba lo que estaban diciendo. Siempre recordaba, cuando estaba sobrio, lo que yo decía cuando alguien de la calle se acercaba a mí. Ese olor tan impregnado en mi piel me hacia acordar que había tenido mejores días. ” Todo vuelve en la vida” Pero ya no podía, ni siquiera imaginar quien lo decía.
Caminar era lo habitual y confundirse con el paisaje ciudadano era lo ideal. Cuando la gente menos notara nuestra presencia mejor, se evitaban agresiones, problemas y burlas. Pero de vez en cuando alguna mirada nos hacia pensar que nos habían reconocido. Alguna mirada en la que se leía “Es o no es” Y el miedo activaba el único sentimiento que no se había evaporado: la vergüenza.
Un día, una mano apoyada en mi hombro me arrastro entre la gente, que lo miraba mas a el que a mi. Yo me dejaba llevar, la cabeza gacha y los ojos más que húmedos. Su departamento era cálido. Cálido por la calefacción. Cálido por sus ocupantes. Ella sonrió al verme, pero una leve mueca me hiso sentir su desagrado al sentir mi perfume, que no era francés. Otra vez la mano en mi hombro. Ya no tenía necesidad de arrastrarme. El me condujo hasta el baño, del que salían nubes de vapor, me ayudo con mi mugrosa ropa y allí en bañera llena de agua tibia y de espuma me quede dormido.
-A ver si despejan las escaleras, que están por llegar los empleados del banco. Habría que matarlos a todos o mandarlos a trabajar al sur, vagos de mierda………

II) DOÑA SOFIA. La La duración de la tormenta era de varias horas y se encontraba en su plenitud. La lluvia era tan intensa que apenas se podía ver la orilla. Los vientos en el mar formaban olas fantasmales y en la tierra hacían que los árboles besaran la tierra. Ella estaba sola en la casa, que la familia tenia desde hace mucho tiempo en Villa Gesell. El teléfono no funcionaba por la tormenta que cada vez era mas intensa.
Dentro de la casa Dona Sofía estaba muy inquieta y nerviosa, algo en su interior la preocupaba. Ojala alguno de sus hijos estuviera ahora con ella, pero ambos Adriana y Alejandro estaban muy ocupados en resolver los problemas de sus propias vidas. Entonces tubo que viajar sola, lo cual no era problema, pero Dona Sofía tenía sus limitaciones. Era una abuela de casi 80 años, lucida y buena. Se preocupaba fundamentalmente por los hijos de su hija, que eran los nietos más desvalidos y queridos. Elegante en su sencillez su joya mas preciada era su sonrisa.
Pero aquel día en la casa de la costa recorría el comedor y la cocina como una leona enjaulada. Dudaba si salir, la tormenta le daba miedo. Se puso su piloto, tomo su paraguas y se quedo parada en el porche de la casa, donde algunas gotas mojaban sus pies. Hasta que al fin impulsada por una fuerza interior comenzó a caminar rumbo al centro de la ciudad. El viento apenas la dejaba caminar, hasta que un soplido violento rompió su paraguas. Lo tiro pero no se detuvo. El trayecto, que normalmente era corto, duro una eternidad, pero con mucho esfuerzo logro llegar hasta la calle principal. Ya casi todo estaba hecho solo faltaba lo mas importante. Vio un teléfono público y fue hacia el, busco en uno de sus bolsillos una ficha telefónica, la puso en la ranura y marco un numero.
-Hola, esta lloviendo en Buenos Aires? Entraron los perritos? Como están mis perritos?