Estaba ahogándome en medio de un mar embravecido y frío, pero para ser sincero también podía haberme ahogado en un charco de agua al costado de algún camino. Daba lo mismo, el resultado no hubiera sido distinto. Sentía que mi cuerpo era llevado a un remolino infernal. Infernal porque
cuado llegaba al fondo, automáticamente era lanzado a la superficie para empezar otra vez. No había horas de descanso y la lucha era cruel y constante. Tampoco existía la posibilidad de encontrar la muerte, porque la muerte hubiera sido un premio y lo que yo experimentaba era el castigo de un dios pagano. Me sentía solo y creía haber sido abandonado por todos.
Algunas veces podía sentir como unos dedos finos rozaban mis manos. La desesperación era infinita. El corazón latía violentamente, hasta el punto en
que parecía querer explotar. Me dolían los brazos de tanto esfuerzo. Ya me había dado cuenta que la muerte no era una opción, entonces quería terminar con todo el sufrimiento y la única manera de hacerlo era salir a flote y llegar a alguna costa calida y tranquila.
Solo en una oportunidad logre aferrarme a una mano fuerte y creí poder lograrlo. Pero el agua se transformo en aceite y poco a poco fui sintiendo como me deslizaba otra vez hacia las profundidades, para volver a caer, para volver a sentir esa mano que intentaba salvarme. Nunca supe cuanto tiempo transcurrió, pudieron haber sido meses o días o tal vez siglos. Siempre lo mismo, caer, resurgir de las aguas y volver a caer.
Un relámpago cegó mis ojos por unos instantes y toda mi vida paso por mi cabeza a mil kilómetros de velocidad. Vi a mis muertos. Vi mis pérdidas. Vi
mi dolor y mi sufrimiento. Pero también vi. todo lo que quedaba en mi (bueno y malo) También pude ver y sentir la presencia de personas que me querían. Supe que nunca estuve solo y haberme dado cuenta y haberlo sentido rompió el hechizo. Volví a la vida intentando (al menos lo intente y siempre seguire intentandolo) ser feliz y estar bien.
Gracias Dean Winchester
