El calor agobia, cuesta respirar. Las paredes de la casa están calientes y todavía no ha
llegado el verano. Afuera, en los árboles, los pájaros no dejan de cantar. En pocos días comenzara el último mes del año: DICIEMBRE. Siempre odie diciembre. Va ser muy difícil recorres los días de este mes.
Ya antes de nacer había perdido un hermano. Solo conocí su nombre, Abel. A veces lo nombraban mis tías, en el tiempo en que viví con ellas. Si me pongo a hacer números se que casi al año de su muerte naci yo. Abel es el hermano que siempre fue un interrogante (tengo tantos interrogantes en mi vida) para mí, nunca supe
nada de su historia, solo sabia que había muerto. Siempre imagine que el hubiera sido, no solo mi hermano de sangre, también mi hermano de vida.
Años más tarde, casi al final de mi adolescencia, la vida otra vez me mostraría su lado más oscuro. Mi hermano Hugo se fue una tarde de verano y me dolió en lo más profundo, entonces la culpa se apodero de mí. Aun hoy después de mas de treinta años, siento ese dolor inagotable en mí.
A mis otros hermanos nunca los perdí, porque nunca los tuve como tales. Solo la circunstancia de la sangre, nada de afecto ni de complicidad. Nunca sentí temor por lo que pudiera pasarles, nunca sentí que me necesitaran, como tampoco sentí necesidad de ellos.
Ya casi al final de mis días, (ya no soy joven y cada vez estoy mas cerca) la vida me dio y me quito lo que yo había elegido. Un hermano que no llevaba mi sangre. Una persona que camino junto a mí por un tiempo y que seria, lo más importante que había logrado jamás. Se que lo he dicho muchas veces y lo seguiré diciendo otras tantas: “UN HERMANO DE LA VIDA” Un hermano al que tengo que agradecerle mucho, porque gracias a el soy una mejor persona.
El calor agobia, cuesta respirar y todavía no ha llegado el verano.
