Habían pasado ya varios meses desde aquel septiembre de 2011 en que sus amigos más queridos se alejaron de su vida. Uno buscando nuevos horizontes y el otro enojado y ofendido por algo que el nunca término de entender.
Todo este tiempo fue muy difícil de llevar. La depresión se presento en varias oportunidades y solo, porque ya no quedaba nadie, logro salir adelante. Fue de gran ayuda todo lo aprendido en su último tratamiento psicológico y el apoyo de algunas personas que intuían que algo le estaba pasando. Solo una vez un compañero de trabajo le dijo “Estas mejor?” y por dejarlo tranquilo (también para dar por terminado el tema de conversación) le respondió que si, que estaba todo bien y mucho mejor. Pero nada era cierto, porque todo estaba mal y el sabia que todo empeoraría con el tiempo.
Pasaron los meses, hasta que un día se dio cuenta que ya no esperaba ningún llamado de los que habían sido sus amigos, tampoco buscaba encontrarlos en las calles de esta ciudad que oprime y desalienta. Y si los hubiera encontrado no se hubiera dado cuenta que eran ellos, porque el caminaba por las calles como un fantasma y todas las demás personas eran invisibles a sus ojos.
Un mañana vio esos seis números, que conocía muy bien y que repetía de memoria todas las semanas, en los afiches de aquel negocio. No lo podía creer. Pensó que era una burla del destino. Otra mas? Pero era verdad, los números eran los que el había jugado religiosamente en los últimos cuatro años. Una combinación perfecta hecha con fechas de cumpleaños y números cabalísticos.
El premio era de $ 16.000.000.00. Que sentido tenia cobrar ese dinero si ya no tenia nadie con quien compartirlo. La soledad se había apoderado de toda su vida y de alguna manera le gustaba esa compania. Tenia que tomar una decisión. El ya no quería vivir, ni bien ni mal.
La tarde era gris y el cielo parecía que se caía en cualquier momento sobre la humanidad. Camino como lo había hecho en el último tiempo, desapercibido. Compro un sobre. Escribió, en su frente un nombre y una dirección y lo despacho para que llegara lo más rápido posible. (Adentro estaba la boleta que permitiría cobrar el dinero al destinatario)
Ya la lluvia caía torrencialmente y el empapado entro a su casa, donde el silencio reinaba. Ya todos estaban durmiendo. Nadie lo esperaba. El desorden de su habitación se había multiplicado en los últimos días. Las ropas mojadas quedaron junto a su cama. Se acostó desnudo y como todos los días miro las manchas de humedad que había en el techo. Fue lo último que vio de la vida. El sábado lo quisieron despertar a las 3pm pero el ya no estaba. Había saltado, como Billy Hayes, hacia la libertad.